AGUA PARA UN FUEGO

 Sonríe.

La vida me pide que sonría, pero es difícil hacerlo cuando estar con el agua al cuello y en la habitación no deja de subir. Y lo peor es ver a todos tus seres querido al lado, tratando de flotar, algunos dejándose hundir y otros flotando sin saber que pronto el techo les golpeará en la nariz.

No soy de analogías o metáforas, prefiero ser lo más literal posible para no dejar malos entendidos por aquí o por allá; pero conozco de sensibilidades, o de temas demasiado sensibles, (que puedo hablar de ellos muchos en la vida real), aunque escribirlos, y dejarlos a merced de la interpretación de quien lo lea, sin una revisión previa por personas más capacitadas... eso prefiero no hacerlo. 

Últimamente me siento en el medio de un bosque. Hay mucho humo a mi alrededor. Algo se debe de estar incendiando, ¿no? Eso sería lo más lógico. Algunos de los animalitos que caminan por acá dicen que no, que el bosque tiene humo porque se está curando de fuegos anteriores. Otros dicen que quizás es mi imaginación, que no ver más allá de dos árboles es lo más normal, y que el olor que siento es infundado. 

Hace poco me encontré con otras personas, ellos creen que el humo es un incendio, y se están armando de baldes de agua para apagarlo. También tienen semillas para replantar cada uno de los árboles que se quemaron, pero no alcanza.

Desde chica creí que la gente mala, pero muy mala, solo existía en las películas. En mi adolescencia pasaron cosas que me hicieron dudar. Después entendí que no hay gente tan mala, que todos tienen algo bueno. Incluso aquel que hace daño a sabiendas. Pero desde que llegue al bosque, veo a lo lejos, a esos malos de película con antorchas y querosén. 

Cada tanto, alguien abre una ventana y el agua empieza a bajar. Es entonces cuando quien flota ve alejarse un poco el techo y empieza a sentirse seguro de que pronto tocará el piso y que todos podremos respirar. Pero alguien, no se quién, o un poco todos, cierra la ventana con excusas o por temor a vivir diferente, no lo sé. Y el agua que ya no es clara desde hace rato, vuelve a meterse en los pulmones de quienes tenían menos fuerza, o que nunca tuvieron la posibilidad de aprender a nadar.

Nunca tuve clases de natación, pero me he metido a piletas desde muy chicas, y tengo la capacidad de flotar, pero prefiero dejar mi cuerpo en vertical, para ver qué es lo que está pasando a mi alrededor. Si flotara mirando el techo, y sabiendo que pronto mi nariz quedará pegada a él, sin posibilidades de ir más allá la desesperación sería más grande. Y no es que me consuela ver como muchos se ahogan, como otros se hunden, aun sin tener los pies en el suelo. Trato de tomarlos de la mano, de mostrarles que se puede nadar. Que no basta con abrir la ventana, y que la solución tampoco es quitar el techo. Porque salir a flote sin barco, organizando los pocos víveres que aun quedan disponibles, no bastará para salvarnos. 

Quizás podríamos usar este agua para apagar el fuego que no existe. Tendríamos el bosque lleno de sobrevivientes. Con cada semilla podríamos tener un árbol, hacer la huerta y de a poco dejar de estar en manos de pirómanos. 

El agua sigue subiendo y la lluvia solo ayuda a unos pocos. El fuego consume almas y hogares. Sé que no estoy sola tratando de cambiar, pero es difícil razonar cuando el agua te llega al cuello. Y aunque sonría, aunque trate, con metodología y con empatía, demostrar cómo apagar el incendio, no es fácil si somos pocos los dispuestos a no rendirnos.

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