La realidad
Me di cuenta de algo, si empiezo a escribir una entrada, tengo que terminarla. Y no es por una cuestión de perfeccionismo, profesionalismo (? o algo por el estilo. Es simplemente porque pierdo el hilo de la inspiración inicial. Y ya luego me cuesta continuar con la escritura. Sería lo contrario el síndrome de la hoja vacía. Porque la idea ya la tengo, sé lo que quiero escribir, sé cuál va a ser el tema, pero se me esconden las palabras y no puedo continuar.
Así que este pequeño (porque me lo imagino así, pequeño, ya veremos que sale) escrito, va a tratar simplemente de la inspiración. Hay muchas cosas que no cuento por acá, pero como tampoco es que tengo un público ajeno a mi vida personal, hay cosas que doy por sobreentendidas. ¿A que voy con esto? Bueno, básicamente, a que soy una persona, básicamente, pobre. Y no lo digo por hacerme la humilde. Si evaluó mis ingresos en comparación al costo de vida (o a la línea de pobreza de Argentina), no llego a salir de la pobreza. Por lo tanto, no cuento con un equipo para escribir cuando la inspiración llegue. Tengo esta computadora de escritorio, que fue un regalo de mi padre mientras estaba estudiando (y trabajando) y la comparto con mi pareja. Además, no solo es para trabajar. Es nuestra fuente de entretenimiento. Y está en la zona de vivir de la casa. No tengo un espacio aparte para ponerme a hacer mis cosas.
Intento tenerlo, hay un escritorio, viejo, de más de 20 años, que si lo movés un poco se desarma, acomodado en el dormitorio, frente a la ventana, para que entre luz natural, con espacio suficiente para sentarme a escribir ahí. Pero la verdad que lo uso casi únicamente para apoyar la ropa que me voy a poner al día siguiente. Sí bien tengo una computadora portátil (esas que daban en algún momento a quienes estudiaban), ya no funciona, y su mantenimiento es excesivo, a la vez que su memoria es escasa.
La he reparado varias veces, pero no me sirve para escribir. Estoy acostumbrada al teclado amplio, al mouse, a una pantalla lo suficientemente a la altura de mis ojos para no encorvarme más de lo que ya estoy. Y aparte, me da pereza llevarla a reparar nuevamente, a la vez, que considero que es un gasto innecesario. Sé que me serviría para otros propósitos, como clases virtuales que suelo tomar, o reuniones. Quizás para llevar al trabajo y no tener que imprimirme algunas cosas, o adelantar actividades en momentos que no estoy frente a a los estudiantes.
He tenido sueños húmedos en los que tengo mi propio escritorio. Claro que no es simplemente un mueble con una computadora solo para mí. No, es toda una habitación amplia e iluminada naturalmente. Suele tener un escritorio de roble oscuro muy ancho en el medio, con vista hacia una puerta ventana que da a un jardín lleno de vegetación, o a veces, a una montaña - aunque viva en plena llanura pampeana. Los pisos son de una madera clara y bien lustrada (probablemente en esta fantasía no soy nada pobre y puedo tener a alguien que se encargue de lustrarlos al menos una vez al mes). Detrás de mí hay una gran biblioteca, de esas que parecen super vivas, con libros de todas las formas y colores, algunos papeles sueltos por los estantes, decoraciones y muy poco polvo. En medio del escritorio hay una computadora siempre prendida, y con una pantalla bien grande que me permite mirar cada letra sin tener que achinar los ojos ni una vez. Una cafetera a la izquierda, de esas que te hacen el café bien espumoso, y siempre algún libro cerca, que seguramente se ha manchado con el café.
Cierro los ojos y siento que estoy ahí, como estoy ahora, escuchando la lluvia y con un par de perros acostados a mis pies simplemente haciéndome compañía. Ya está oscuro y escribo algún cuento de terror, inspirándome con cada gota de lluvia que choca en el vidrio doble que me separa de mi jardín, o de la montaña. Ese relámpago me dio la idea de un giro argumental y el cuento se vuelve novela. A mi derecha hay una lámpara hermosa que yo elegí, pero que decoré o pinté para que encajara exactamente con mi visión de despacho de escritora. Y a mi izquierda esta la puerta que me lleva de vuelta a la realidad. La realidad soñada, la realidad construida, el futuro, quizás. Allí está mi familia. Están durmiendo, porque soy muy estricta con los horarios, pero saben que cuando hay inspiración, quizás no me acuesto hasta que terminen todos de desayunar y salir a la vida. O tal vez, los que están esta noche sean mis nietos, esos niños traviesos que suelen venir a casa de labuela a jugar con los perros, correr en el jardín, comer comida casera y dormir en su cama, porque ella siempre termina durmiendo con ellos en la madrugada.
Esta casa imaginaria no es muy grande, si abro la puerta, puedo escucharlos respirar. No existen y me doy cuenta que estoy soñando cuando busco sus rostros y no están. Y aun así me aferro por un rato a la idea. Busco como permanecer en esa realidad por un ratito más. Quizás me ponga a pintar, pero ya no distingo los colores. Podría cocinarles, pero no percibo sabores. Los sonidos desaparecen y ya asoma el día por mi ventana que da a la calle y escucho la obra, y a los albañiles trabajar desde temprano. Vienen los perros a pedir que les abra la puerta. Y suena el despertador.
Lo que quería decir es esto, cuando me inspiro, lo tengo que dejar salir. Porque ese cuento de terror puede convertirse en novela, y quizás nunca pueda salir de ahí.
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