La reunión olvidada
Hoy debía participar en una reunión. Sabía que podía caminar hasta un lugar conocido y sentarme a debatir sobre un tema de mi interés con personas que comparten mis mismos intereses y que abogan por un bien común. Y lo olvidé. Siendo completamente y absolutamente sincera, no lo olvidé. Decidí no asistir. La persona convocante, que a la vez es mi amiga "nueva" (vamos a llamarla Nueva a partir de ahora para ahorrar en palabras, tiempo, esfuerzo en explicar de mi parte y a la vez preservar su identidad para los lectores)... Como escribía, Nueva me convocó, pero es una persona tan amorosa como genia de la vida, que me pidió que no asista. Quizás se preguntarán por qué me lo pidió, y si no me lo preguntan igual lo voy a aclarar. El día de ayer falleció mi amada abuela, fue Nueva, junto a mi pareja, dos pilares fundamentales para que pueda disfrutar de la vida a pesar del gran dolor que estaba sintiendo en ese momento. Quizás piensen (espero que piensen si leen esto, sobre todo si quieren comentar), quizás piensen que todos hemos pasado por la muerte de una abuela amada, pero el amor que recibió esta abuela es inmenso, no sólo por mí... ya que, obviamente, la amé... sino por el menor de sus hijos. De él no voy a hablar ahora, el duelo que vivirá será casi eterno, si no es que así será. Voy a hablar de ella, la abuela.
Mi abuela me enseñó muchas cosas: a tejer, por ejemplo, pero eso es algo que muchas abuelas hacen; también me enseñó a vivir. Se casó muy joven mi abuela, tenía veinte años (aclaración tercera: tengo treinta y dos años vividos con varias vidas pasadas - de eso se hablará en alguna entrada más adelante-). Mi abuela se casó con mi abuelo a los veinte años, ella era música, sus manos eran un piano y sus caderas una guitarra, a ambos instrumentos los supo amar. Comenzado el duelo ví una foto en la que sonreía como, creo, nunca la vi sonreír frente a una cámara; me encantaría saber quién era el fotógrafo, pero por la postura y la confianza debió ser alguno de sus hermanos mayores, o su padre. En ella estaba mi abuela, guitarra en mano y el piano de fondo, sus rulos armados con los dedos o un peine, pero muy naturales. Sabidamente, la foto era en blanco y negro, por lo que el brillo de sus ojos verdes no pudieron ser distinguidos como los ví durante toda mi vida. Era ella, toda ella en estado completamente natural y poco adoctrinado, muy joven, antes de mi abuelo y de la vida que él le dio. Antes de las horas, casi eternas frente a la máquina de coser en el taller. Antes de mi viejo, del tío, del otro tío, de la tía y de mí tío. Antes, mucho antes de mi, de mi hermano, de mi prima, de mi primo, de mi otro primo, de mi otra prima, de mi otro hermano, de mis primitos, del segundo matrimonio de mi abuelo y mi otra tía, de la vida que vivió.
Era ella, tan feliz como casi nadie la vio, y si alguien la vio así antes, nunca me lo contó, o nunca presté atención. La última vez que hablamos me habló de la música, de que si hubiese hecho las cosas las diferentes, hoy mi tío sería músico, porque tiene un buen oído, aunque puede ser hiperacusia. Pero ella tenía esa ilusión, que alguno de todos nosotros sea música, como era ella.
El piano de mi abuela está en venta, ella lo decidió antes de despedirse de este mundo, algunos de mis parientes bromean con que cuando se venda vamos a comer todos un asado (eso es parte de herencia de mi abuelo), y que si no se vende hacen el asado con el piano. Mi respuesta fueron como cincuenta "no". Ya cremaron el cuerpo que ella dejó tan lastimado por su paso por la tierra. Mi abuela era grosa en serio, dejó paga la cremación y me dejó su ropa y algunos libros (más sería demasiado para mí). Pero el piano, ese no se quema, no.
Conocí hace poquito, muy poco, diría ayer pero pasaron varias noches, a la madre de un músico. Este músico quiere un piano, ya se imaginaran que hice contacto y le pasé unas fotos a esa madre, el problema es que no hay un número... Voy a dejar una serie de fotos al final de la entrada, y si hay algún experto leyendo por acá, puede dejar su tasación. El músico es muy joven, debido a eso no cuenta con dinero a grandes montos, solo ahorros (la mamá lo cría sola y sin apoyo económico del padre). Pero mi abuela cuidó y custodió a ese piano por más de sesenta años, no es un simple piano que apareció de la nada.
EL PIANO fue testigo de la primera navidad de mi padre y de golpizas. Sobrevivió un matrimonio fracaso de catorce años. A cinco niños de su dueña, cuatro de ellos varones muy activos. Sobrevivió a diez nietos y todos con travesuras, a los vecinos del barrio y a cantidad que ahora no calcularé de sobrinos y sobrinos nietos. Es de buena madera y cuerda, fue amado y soñado... y tocado por manos que sanaron y ayudaron a muchas personas de esta ciudad.
Ahora unas palabras que escribí cuando supe que el corazón de mi abuela no llegó a los festejos de esta semana:
Se acaba de ganar el cielo una mujer que sueña. Se acaba de cerrar un ciclo, una mujer que enseña. Hoy es a tu honor, qué esperar...
Me despido porque la lagrimas quieren brotar y el agua nunca debe faltar en la tierra.
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| El piano funciona pero está desafinado. Tuvo una única dueña desde hace más de medio siglo. |

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