La Iglesia Catedral
Hoy tuve que pasar por la iglesia, por la Catedral de mi ciudad. Catedral de Mercedes, de la iglesia católica.
Les cuento, me bauticé en la iglesia Catedral de Mercedes en septiembre de 1990. Bueno, no me bauticé a mi misma, mis padres decidieron bautizarme y criarme como católica, no practicante, con todo lo que ello implica... Ya saben, Dios, la Virgen, los Santos, los Ángeles, el pecado, la culpa, el perdón, los sacramentos, el cielo y el gran y divino infierno.
Lo que tuve que hacer hoy no era nada agradable, fui al servicio funerario para pedir la certificación de que falte al trabajo porque estaba en el velorio de mi abuela. La palabra de una persona en duelo no tiene un valor legal, por eso se le paga a los del servicio para que den fe de nuestra pérdida. En sencillo, agarré por la calle que bordea a la catedral y ví una puerta abierta. Si no fuera por mi instinto de cumplir con mi trabajo hubiera entrado. Pero no para rezar, eso si lo deseo lo puedo hacer en cualquier lado. Si Dios existe no va a esperar para escucharme cuando esté en el edificio que los hombres levantaron para honrarlo, o lo que sea que hagan ahí. Quería entrar para cantar, o bailar, o hacer alguna cosa que no esté muy bien vista frente a la cara del señor.
Lo que sucede es que nunca fui muy creyente, pero eso no tiene nada que ver con Dios o lo que diga la Biblia; desde hace muchos años que comencé a notar que en nombre de Dios se hacían cosas horribles, al contrario de lo que mi abuela decía.
Por ejemplo, yo no podía mentir, porque es pecado... pero veía en la tele cómo se mentía sobre las personas "importantes" de los que todos hablaban. No podía matar, pero en el noticiero escuchaba como cada día alguien más había sido muerto por mano de un congener... Y ni hablar de las guerras de las que escuchaba en la escuela. Tuve un tío muy querido que fue a la guerra. Con esa persona no comparto lazos de sangre o genéticos, pero sí los comparto con sus hijos. Ese tío hacía cosas raras, como manejar la moto a toda velocidad o jugar con los cuchillos. Luego escuche que el pobre hombre nunca en su vida adulta pudo ir a un boliche, a bailar con su novia o con sus amigos, porque tenía hipersensibilizado su oído por las bombas. Una de ellas había caído muy cerca de su cuerpo y le había dejado la piel de la espalda tan fea que se hizo una cirugía plástica.
Sea como fuere la historia de la humanidad, el Dios que era bondad no estaba muy atento. Luego hice el catecismo, fuera de la escuela porque mi escuela era laica. Hermosa mi escuela primaria con un edificio nuevo y creciendo todos juntos con las maestras. Según mis madre era la mejor escuela a la que podía ir. No estaba acostumbrada a tanto lujo, eso solo lo veía en la escuela, o en la iglesia si me tocaba asistir a algún bautismo o casamiento de alguien más. Pero los domingos no íbamos a misa, me despertaba con las carreras desde la habitación de mis padres y luego a casa de la abuela, o de mi abuela, o del abuelo o de la tía en Hurlingham Los mejores domingos eran los que nos tocaba ir al campo de la madrina de mamá. No voy a ocultar su nombre, era Gloria, y toda gloriosa ella nos esperaba llena de amor. A misa solo asistía si alguien tenía que hacer alguno de sus sacramentos obligatorios por la religión.
Esos eventos religiosos eran parte de la cotidianeidad de la vida, a la vez que rezarle a nuestro Ángel de la guarda o a Jesucristo cada noche. A veces nos tocaba rezarle a la virgen y otras veces nos dormíamos sin rezar. No recuerdo cuando dejé de rezar por la noche, pero fue antes que mis padres se separaran... ya no estaba muy segura que el rezo me dejara dormir bien porque las pesadillas eran recurrentes y por más que vaya a cama de mamá y papá no se iban... se convertía en infierno la noche en mi casa cuando los veía dormir y no había lugar para mí entre ellos. Mi hermano se acurrucaba entre ambos y aunque quisiera un lugar solo me quedaban los pies de la cama; y ese, según las películas, era el lugar del perro.
Las cosas sucedían en este orden según recuerdo. Cenabamos con el televisor prendido, dentro del horario de protección al menor que en ese tiempo se respetaba bastante. Luego de comer nos tocaba bañarnos, discutíamos con mi hermano a ver quién iba primero. Normalmente el que tenía un mejor argumento se bañaba segundo, pero a veces ganaba el que lloraba más. Es decir, casi siempre me bañaba primera yo, por ser la más grande. Cuando me terminaba de bañar me vestía y me iba a la cama o a la cocina a ver que hacía mi viejo. Normalmente estaba con algo del trabajo y no tenía que molestar, en la cocina/comedor estaba la única mesa interior de la casa, papá no tenía un escritorio para trabajar hasta que llegó la computadora que quedó en su dormitorio. Obviamente la com´pu tenía su escritorio particular y la impresora... esa vieja.
Cuando verificaba que mi papá estaba en casa, me iba a mi dormitorio, el que compartía con mi hermano. Me acostaba en mi cama o jugaba un rato con mis cosas, aprovechando que él estaba siendo cuasi obligado a bañarse y tenía ese tiempito para mí. Acomodaba mis bebotes (tenía muchos, fuí primer nieta y bisnieta por parte de mi papá, todos me regalaban cosas), me fijaba si mi mochila y mi uniforme estaban donde tenían que estar y me acostaba. Para ese entonces mi hermano ya había sido bañado y era hora de los besos y los abrazos de mamá, luego rezar lo que tocara esa noche y se apagaba la luz del dormitorio. Lo siguiente era que mi hermano quisiera una luz, entonces la puerta quedaba a medio abrir y él se dormía.
A mi me cuesta conciliar el sueño cuando hay una luz o un ruido; en casa, esas noches infernales en las que no conciliaba el sueño aunque quisiera el sonido del reloj era una tortura, ese tic tac que me informaba que iba pasando la hora y se acercaba el amanecer. La primera pesadilla que llega a mi memoria era la del colectivo.
Estaba ahí yo, en una esquina, en la puerta de uno de los supermercados más grandes de la ciudad, esperando el colectivo junto a todos mis familiares conocidos, con algunos amigos de la familia y mi hermano. Llegaba un colectivo de larga distancia blanco. Me daba cuenta que era de larga distancia por su tamaño. Todos los de la parada subían al colectivo, es decir, todas las personas que conocía y amaba se subían, pero yo me quedaba ahí, en esa esquina, viendo como hasta el último de la fila antes de mi estaba subiendo las escaleras sin mirar atrás, sin ver que una niña estaba ahí parada, sin saber qué hacer. Sonaba el ruido que anunciaba que la puerta estaba cerrándose, y no me podía mover. La ventana de atrás, como es costumbre en estos colectivos, no dejaba ver el interior. Pero yo sabía que ellos estaban ahí, adentro. No había nadie asomándose, ni mis abuelas, ni mi mamá. El colectivo se empezaba alejar por la avenida hasta que a no lo podía ver más. Seguía siempre las reglas de tránsito mi colectivo del sueño, porque si el semáforo estaba en rojo, lo veía frenar en esa esquina, la esquina siguiente, y luego se desviaba un poco para continuar por la avenida que se angostaba después del semáforo.
La realidad es que no recuerdo qué trauma me generó esa pesadilla, pero era horrible cada vez que la soñaba. Tenía una sensación de abandono tan grande que al despertarme y ver que solo me quedaba en la cama grande el lugar del perro no podía volver a dormir. Calculo que la primera vez que la soñé tenía unos siete u ocho años. Empecé a engordar, para los diez no tenía cuello, y justo me tocaba la comunión al año siguiente. Cuando veo las fotos, no me reconozco. En mi imaginación era una nena linda y atlética, pero el espejo y la cámara decían otra cosa. Había algo más que me perturbaba por las noches, la luz del televisor de la habitación de mis padres.
Ellos tenían el televisor justo enfrente de su cama, y cuando quedaba en stand by se prendía una luz roja. Si entraba a la habitación para ir al baño o para buscar refugio, esa lucecita diminuta iluminaba todo en rojo y negro. La cara de mis padres descansando eran tan bellas de ese color, inculo la cara de mi hermano. Pero el resto, eso era el infierno: rojo, cálido, lleno de gente que amaba.
Eventualmente volvía a mi cama y me volvía a dormir, antes que canten las aves del amanecer. Quizás al pasar esta mañana por la iglesia Catedral me dieron ganas de bailar dentro para recordar esas épocas en las que bailar en la iglesia era parte de mi vida, y si algo andaba mal, me iba a ese infierno personal a buscar calor entre mis padres y con mi hermano, aunque solo sea en el lugar del perro, tenía un lugar privilegiado, y todos volvían al despertar.
Muy hermoso lo que escribis, buena terapia. Te felicito!!
ResponderBorrarEspero Sony no te moleste que haya utilizado Terapia como título del blog siguiente.
BorrarTe amo más que a mi vida!!! Todo lo que escribas de tus recuerdos me llena el alma
ResponderBorrar