El camino hacia la escuela
Les comento, estudié para ser docente. Ya escribiré al respecto.
Además de eso, tengo un trabajo formal desde los veintiún años. Es un trabajo complicado, principalmente porque es un trabajo para la comunidad, por decirles de alguna manera... La cuestión es que en ese trabajo conocí a muchos comerciantes de esta ciudad en la que vivo... Cada vez que camino la ciudad paso cerca o justo por enfrente de alguno de los comercios de estos comerciantes. Cabe aclarar que en ese trabajo me toca el rol de la mala para los comerciantes.
Un día, iba caminando a la escuela y pasé justo por enfrente de "un comerciante" no quiero aclarar mucho porque es casi a la vuelta de mi domicilio. Lo que me sucedió fue muy extraño. Nada denunciable, pero lo suficientemente memorable para escribirlo. Resulta que habíamos citado a este señor comerciante ya varias veces, pero no se dignó a pasar por la oficina. Claramente, trabajamos y esta persona no puso de su parte para llegar a buen puerto. Es por ello que despotricamos un poquito en su contra esa segunda mañana que no apareció. Por la tarde me tocaba ir hasta la escuela, y camine por una calle que me quedaba cómoda para escuchar algo con auriculares y no desviarme de destino. Es decir, largo tramo derecho sin tener que pensar mucho en dónde doblar.
Resulta que al citar a los comerciantes a la oficina debemos hacerlo al comercio, con la dirección del comercio. Parte de mis tareas es redactar esas citaciones, por lo que la dirección andaba vagando por mi memoria. Acontece que se produce un pequeño silencio en el audio que escuchaba y noto en qué parte del mundo se encontraba mi cuerpo físico. Y da la divina casualidad que estaba justo, pero justito en la vereda de enfrente del comercio del que les vengo hablando, valga la metáfora.
Sentí miedo, raro en mí (sé que no es fácil de notar la ironía cuando la escribo así, ¿qué les parece si cuando quiero parecer irónica subrayo la frase?). Vi ese lugar y parecía un lugar tenebroso, había dos hombres corpulentos, un perro al que parecía no le gustaba la gente, muchas caras de enojado y mi actitud persecutoria. ¿Cuál fue mi primer pensamiento? Ellos saben que yo redacté la citación, me van a decir algo y no voy a poder caminar más por esta vereda porque cada vez que pase me van a gritar cosas feas por el trabajo que hago y porque estoy vulnerable cuando camino con auriculares en la vereda de enfrente de alguien más. Eso y más, imaginen que recuerdo con detalle qué tenían en el fondo del comercio. Si tengo que poner la vista en algo, me cuesta horrores, pero cuando quiero dejar de mirar, mis ojos se manejan solos, hasta el cuello se me dobla, y no tenía anteojos de sol puestos, tenía mis anteojos para ver.
Ese miedo me acompañó por aproximadamente ochenta metros hasta que llegué a una esquina y doble, cambiando el camino que me había trazado previamente y adentrandome a nuevos posibles terrores. Qué pasaba si me encontraba con un perro aún más feroz que el del comercio, o sí alguien se quería llevar mi celular por esa cuadra, o peor, si alguien se quería llevar mi mochila, en donde llevaba mi billetera y las cosas de este otro trabajo que disfruto más que el que me llevó a cambiar de dirección. La piernas se preparaban para correr... Hasta llegar a la puerta de la escuela tuve la sensación de estar a punto de vivir lo peor que me podía pasar ese día, algo terrible que iba a hacer que fracase en mi labor dentro de la institución educativa y que todos los años y esfuerzos que pasé hasta recibir mi título de profesora iban a quedar en la basura.
Entré en la etapa previa al ataque de pánico, pero lo pude controlar. Gracias a la terapia y al audio que estaba escuchando pude dominar a mis emociones que buscaban desbordarse. A quién más le temí fue al perro, hace muchos años que temo morir en boca de un perro. Es un trauma adquirido luego de la muerte de mi primer difunto, el Abuelo Batata. Él murió en el año 98, en verano, luego de una larga enfermedad que, me dijeron, era cáncer. A los pocos días, dentro del duelo legal un perro mordió la cara de mi pequeño hermano, quién en ese entonces tenía seis añitos. Ver la sangre brotar de su rostro, imaginar que ese perro le había arrancado su nariz, la desesperación de los adultos y mi abuela tratando de parar el sangrado que no cesaba de ninguna forma fue en mi pequeña mente infantil un quiebre.
Pasé a impresionarme con la cara de mi hermano, ya no era ese bebito, ahora era un nene con la cara cosida y luego fue el nene con la cicatriz en la nariz, y yo era su hermana, la que se hacía la artista, pero a la que no le había pasado nada. El tenía una cicatriz en su rostro que no dejaba mentir sobre lo sucedido; mi cicatriz había quedado en la psiquis, difícil de ver a simple vista. Él tuvo medio de los perros por uno o dos años, yo temí por su vida durante seis hasta que ese temor ya no tuvo sentido.
Lo ilógico de toda esta entrada, además de que convivo con tres hermosos perros a los que amo a pesar de su indisciplina, es que el perro del comercio al día siguiente, cuando el dolor del trabajo inconcluso se había difuminado, me movió la cola y me acompaño, ahora por su vereda, los ochenta metros de terror de la semana anterior.
Sobre mi hermano ya escribiré, pero les dejo de regalo un pequeño poema que escribí cuando lo extrañaba tanto que ninguna medicina podía calmar mi miedo:
Todo lo que hago,
todo lo que pienso,
todo lo que siento
a nadie le importa
por eso me tiro un pedo.
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| Esta es de antes del perro, pero así creía yo en ese momento que iba a quedar su cara por el resto de su vida. |

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